Que un deportista colombiano en silla de ruedas logre disputar el cuadro principal del Abierto de Australia debería ser motivo de orgullo nacional, titulares de prensa y respaldo institucional inmediato. Sin embargo, la historia de Daniel Campaz es todo lo contrario: un ejemplo de tenacidad individual enfrentado a la indiferencia de quienes, por mandato legal y moral, tendrían que acompañarlo.
Campaz no viajó a Melbourne gracias a un sistema deportivo sólido. Lo hizo tocando puertas, pidiendo colaboraciones, rifas, ayudas de amigos y de personas que creen en él. La Federación Colombiana de Tenis, llamada a ser la primera aliada de un deportista que representa al país en el máximo nivel del tenis en silla de ruedas, brilló por su ausencia. Tampoco la Liga Vallecaucana de Tenis pudo respaldarlo; la actual situación de acefalía administrativa ha dejado a los deportistas sin un doliente real, sin trámites claros y sin posibilidad de ejecutar recursos para competencias internacionales.
Paradójicamente, el único apoyo institucional llegó desde Indervalle, que tuvo que recurrir a una resolución especial para poder ayudarlo, precisamente porque la crisis de gobernabilidad de la Liga impide canalizar los apoyos de manera normal. Es decir, el Estado departamental sí entendió la importancia del momento histórico, pero tuvo que sortear obstáculos burocráticos creados por el propio desorden del sistema federativo.
Lo de Daniel Campaz no es un caso aislado: es el retrato de cómo el deporte adaptado en Colombia sobrevive más por el corazón de los atletas que por una política pública real. Mientras se llenan discursos sobre inclusión, los deportistas viajan con presupuestos incompletos, sin equipos técnicos, sin procesos de preparación dignos para la élite mundial.
Competir en el Abierto de Australia no es un paseo turístico: es enfrentarse a los mejores del planeta, es representar la bandera en escenarios donde se construye la historia del deporte. Y aun así, Campaz tuvo que hacerlo casi en solitario, cargando no solo su maleta deportiva sino el peso de un sistema que le dio la espalda.
Hoy más que nunca se necesitan colaboraciones y ayudas para que este sueño no se convierta en una deuda personal impagable. Pero, sobre todo, se necesita que la Federación y las ligas asuman su responsabilidad. No es caridad: es su deber misional.
Que el logro de Daniel Campaz sea un campanazo de alerta. Si un deportista capaz de llegar al cuadro principal de un Grand Slam tiene que mendigar recursos, ¿qué pueden esperar los cientos de jóvenes que apenas empiezan? El talento existe; lo que falta es dirigencia con vergüenza y un sistema que deje de ponerle obstáculos a quienes ya tienen suficientes retos por delante.
Daniel ya hizo su parte: competir contra el mundo. Ahora le corresponde al país decidir si seguirá siendo un espectador indiferente o si, por fin, se pone del lado de sus verdaderos héroes deportivos.
